viernes, 23 de junio de 2017

Una probadita más de A Quién...

Buenas Tardes Soñadores.

Hace unos días empecé a promocionar mi libro un poquito más, como saben este libro no es de temática LGTBI, sin embargo, me gusta mucho explorar y dejar expandir mis ideas e imaginación, pero es cierto que la temática homoerótica es mi consentida 😜

Les recuerdo que se puede adquirir por Amazon y Payhip. Por la plataforma de Createspace muy pronto saldrá a la venta.

Otro punto sobre mis libros es que pronto saldrá una segunda edición de mi libro Entre las Llamas de la pasión así como también el libro físico ya los mantendré informados sobre ello. 

Ahora sí, volviendo a mi libro A Quién... les dejo los tres primeros capítulos para que vayan viendo mas o menos de que va esta bonita historia.








Bien dicen por ahí que cuando una puerta se cierra otra se abre, sin embargo, para Elizabeth Mullin eso no era más que basura. 

Su vida estaba bien, era estable y lo tenía todo, todo lo que había deseado y anhelado alguna vez. Después de que un hombre rompió su corazón, se levantó de ese doloroso tropiezo, hasta que por fin encontró lo que buscaba en la persona de Leonardo Farkas. Había formado un matrimonio armonioso, cálido y amoroso, pero una vez más, la felicidad no es para siempre. 

Una tragedia se cierne sobre su matrimonio, sin embargo, el dolor, la rabia y la desesperación arrastra a los dos hombres que más la aman a reencontrarse frente a frente después de años. 

Ellos están resueltos a hacer lo que sea por ayudar a la mujer –que sin lugar a dudas, no se perdona– para que vuelva con ellos y poder enderezar lo que en algún momento se torció en el camino. Tres personas, dos unidas más allá de todo y una que espera finiquitar y arreglar lo que un día los unió.

NOTA:


Esta historia no desarrolla relaciones de trío, más que nada entrelaza las vidas de tres personas y de cómo una tragedia marca a cada una de ellas.



Capítulo Uno 


La noche había caído hacía ya varias horas, ella estaba sentada tras su escritorio, pensaba y escribía a la vez, sus dorados cabellos caían sobre su rostro que a la vez mostraba el paso de los años. 

¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Diez, doce años? la verdad ya nadie lo recordaba muy bien. 

Sus amigos se habían rendido hacía tiempo, eso sin lugar a dudas la llevó a quedarse una vez en completa soledad. 

Siempre se sintió sola, jamás aceptó la idea de sentirse amada por alguien, sentía que no se lo merecía. La soledad, la acechaba cada vez más de cerca, tanta rabia y tanta desolación habían cambiado por completo su perspectiva de la vida. 

Para ella, no había nada más que hacer. 

* * * * *

Lejos de aquella atmósfera deprimente, una función de teatro terminaba. El paso del tiempo había hecho sus estragos, el brillo en la mirada no era el mismo, la angustia de saber que lo que más amaba se estaba extinguiendo colgaba de su ser y sin embargo, la vida tenía que continuar dando paso en su lugar el resurgimiento de nuevas cosas. 

¿Qué sería de él sin toda esa magia a la que daba vida y a su vez le regresaba un poco de ella? 

Se preguntaba una y otra vez, si se hundiría como barco o simplemente tendría que dejar que encallara. 

¿Hacia dónde iba? 

Se sentía tan abandonada y tan perdida como en alguna ocasión se llegó a sentir, pero no quería recordar porque a pesar del tiempo aún seguía doliendo. 

* * * * * * 

Del otro lado de la ciudad un hombre manejaba su auto, en su rostro se notaba la nostalgia de un pasado opulento, aquella sonrisa que daba paz había desaparecido, él se preguntaba…“¿Dónde estará ella? ¿Estará bien? ¿Le faltará algo?” 

Eran demasiadas interrogantes para repetirlas, bastante tenía con que le rondaran día y noche. 

Diez años habían pasado y parecía que la culpa aún le carcomía el alma, eran tres almas que sufrían por una misma causa, tres destinos que en algún momento fueron felices, sin embargo, era a ella a quien se le habían acabado las ganas de vivir. 

* * * * * *

La noche seguía avanzando y ella tenía sobre su escritorio dos cartas a las que miraba con profunda tristeza dejando caer sobre ellas amargas lágrimas que aún con el paso del tiempo no se habían podido extinguir. 

La mujer, mandó llamar a uno de sus empleados y al instante le entregó las cartas pidiéndole que fueran entregadas a la brevedad posible. 

Ese preciso día, esa mujer cumplía treinta y cinco años de los cuales, treinta había vivido con intensidad a lado de dos hombres maravillosos, cada uno en su tiempo, pero los había vivido al máximo. 

Recordaba, mientras caminaba por toda su casa, haciendo que sus pasos firmes tocaran cada una de las habitaciones, parecía como si se despidiera de todo y de cada cosa. 

Al llegar al final del pasillo, se topó de frente con la puerta que había prácticamente aislado de todo lo demás, incluyendo de su mente y su memoria. La puerta estaba cerrada con candados, le dolía el alma pasar siquiera por un lado, pero esa noche en particular se había propuesto abrirla; poco a poco con manos temblorosas destrababa los candados y conteniendo el aliento, empujó la puerta que al instante rechinó por la falta de uso. 

Era consciente en ese instante que su cuerpo y mente no estaban conectados porque sus piernas se movían, pero su mente le nublaba la vista. 

Con un suspiro profundo abrió poco a poco sus ojos y lo primero que vio fue la pequeña cuna de color azul con los pequeños patitos pintados sobre la cabecera, trayendo como relámpago el recuerdo de una vida como si fuera ayer. 

Se acercó a la pequeña cuna, recargándose en los finos barandales de protección, observando como poco a poco una silueta se empezaba a formar, recordándole tan vívidamente a un pequeño niño de tez blanca, ella parecía verlo ahí acostado en su pequeña cunita, riendo al ver los gestos de aquel pequeño, no cabía duda de que era su hijo, su pequeño y hermoso bebé. 

A lado de la cuna había un porta-retratos empolvado por el paso del tiempo, plasmaba los recuerdos de lo que alguna vez fuera una familia, observó la fotografía tomándola entre sus manos temblorosas, limpiándola cuidadosamente y al hacerlo recordó a su esposo Leonardo, su pequeño hijo Liam y a ella, todos muy contentos y sonrientes. 

Ella parecía pintar una sonrisa tímida trazando su dedo por el hombre y el niño, mientras pronunciaba en su mente llena de niebla y densa incertidumbre… 

Todo parece como si hubiera sido tan solo ayer… 

—Mi esposo… Leonardo… ¿Qué fue lo que te pasó? Jamás hubiera pensado que reaccionarías de esa manera, pero que culpa tenía nuestro hijo de los problemas que veníamos arrastrando… —la mujer lloraba amargamente dejando correr las lágrimas—. Y Adam, tú abandonaste todo por quedarte conmigo, no te importó que estuviera casada con tu mejor amigo y mentor… Cuanto te amé, cuanto te amo… Adam hice cuanto pude por nosotros y no fue posible. Y ahora, me siento tan culpable de haber deshecho dos vidas maravillosas, dos vidas que eran mías y que las hubieran dado por mí, por mi insignificante ser… yo fui la que desencadenó todo y ahora la culpa me está matando. —El llanto agrio y amargo salió en gritos desgarradores, era evidente que la culpa, la soledad y la tragedia estaba desgarrando su vida. 

Dotty, su amiga y compañera seguía a su lado, sin embargo ya no podía hacer nada por ella, todo lo había tratado y nada había funcionado. 

Elizabeth estaba totalmente perdida, sumida en una depresión total, su hijo, su esposo, su matrimonio, su amante, todo, todo había perdido, ella sabía muy bien que ya no soportaría mucho más de ese infierno. 

Elizabeth llegó hasta su habitación, dirigiéndose directamente a su escritorio, se sentó en el enorme sillón, abrió el cajón sacando un abrecartas bañado en oro y sin pensarlo dos veces abrió sus venas, su voluntad se había ido, ya no le importaba nada, todo lo había perdido, ya no tenía nada más porqué ni por quién vivir. 

Su mundo había por fin colapsado. 

De las muñecas de Elizabeth manaba sin cesar su sangre que inmediatamente se derramó sobre el escritorio, ella, con una sonrisa cerró los ojos, sintiendo poco a poco como las fuerzas se le iban, dejándola en un sopor suspendido, pero en ese instante Dotty entró y al ver la funesta escena gritó, de inmediato llegó hasta Elizabeth tratando de hacer torniquetes en sus muñecas pero parecía inútil porque pronto lo que estaba usando se empapaba en el rojo carmesí. 

Como pudo llamó a la ambulancia en tanto trataba junto con otros de sus empleados mantener apretadas las heridas, tal y como le habían dicho en la línea de auxilio. 

Los minutos que tardó la ambulancia en llegar fueron eternos para Dotty y sin embargo parecía al menos que estaba menguando el correr de la sangre o eso creía ella. 

Sin tardar más los paramédicos atendieron rápidamente a Elizabeth para poder trasladarla al hospital, pero en el transcurso sufrió un paro cardíaco, los paramédicos trataban de estabilizarla y salvarla de una muerte inminente.

* * * * * * 

En tanto aquello pasaba, en una casa no muy lujosa tocaban a la puerta, un hombre con una copa de vino atendió el llamado topándose con un chico que extendía su mano y en ella se encontraba un sobre. 

—Traigo una carta para el señor Adam Alistear. 

Extrañado, Adam tomó la carta, dándose cuenta de inmediato que no traía remitente, pero esa caligrafía era inconfundible, la reconocería a pesar del tiempo, con urgencia rompió el sobre leyéndola en el acto, con cada línea que leía sus ojos se ampliaban más y más de pronto un grito de pánico salió de su garganta: 

—¡¡¡Nooooo…Lizzy…!!! 

Adam tomó su abrigo, cerrando de un portazo la puerta de su casa, marcó el número telefónico de la casa de Elizabeth y le informaron de inmediato a donde la habían trasladado. 

Parecía una pesadilla, Adam solo quería llegar y estar junto a ella. 

Sin embargo no era el único porque al igual que Adam, Leonardo había recibido exactamente la misma misiva solo que minutos antes y su reacción había sido la misma. 

Por fin Elizabeth llegó al hospital, mientras el desfibrilador hacía su trabajo, los médicos hacían todo lo posible pero, parecía que ya era muy tarde. 

* * * * * * 

En la sala de espera los dos hombres se volvían a ver cara a cara, sin siquiera saber cómo reaccionar, los dos aún traían en sus manos esas cartas malditas que apenas hacía unos momentos la mujer que amaban con toda el alma les acababa de escribir. 

Los hombre se vieron fijamente, pero ninguno dijo una palabra y en cambio sus miradas bajaron dejando a la deriva un mar de preguntas sin respuestas. 

Adam se dirigió hacia los sillones de la sala de espera sentándose y de inmediato recargó sus codos sobre sus rodillas dejando que sus manos cubrieran su rostro, esperando cualquier noticia. 

Leonardo observaba la desesperación en su rostro, la misma que probablemente se encontraba pintada en él. Perdiéndose en la nada, Leonardo comenzó un soliloquio mental… 

“Me encuentro ahora frente a frente, con mi amigo, mi enemigo y no sé qué decir, tal parece que él tampoco, veo que trae una carta entre sus manos y la estruja con fuerza, sin embargo, la guarda ¿Qué hago? Mi mujer está ahí debatiéndose entre la vida y la muerte y aquí frente a mí, alguien que al igual que yo se está muriendo por el sufrimiento de ella. ¿Qué hago Dios mío? ¿Qué hago?” 

Leonardo cerró sus ojos fuertemente recargándose en la pared y solo atinó a aspirar con profundidad, llenado sus pulmones, pero sintiendo el vacío de su alma. 

Adam al escuchar el profundo aspirar de Leonardo levantó la mirada y lo observó haciendo que su mente divagara... 

“No puedo creerlo, aún después de tantos años sigue igual, mi amigo, mi mentor, casi mi conciencia ¿Cuándo fue que todo cambió? ¿Cuándo fue que nos convertimos en rivales? A decir verdad, creo que desde siempre lo fuimos -en su rostro apareció una mueca más perecida a una sonrisa casi indivisible-. ¿Qué hago? No creo que un saludo sea lo conveniente, mi mujer está ahí dentro y no sé qué pasa, ya no quiero pensar más en eso, no puedo, no debo. Adam suspiró levantándose del sillón yendo a recargarse contra la pared esperando respuestas. 

* * * * * * 

La sala parecía aún más sola, aquellos dos hombres estaban sumidos en el más grande silencio, tragados por el enorme abismo que se empezaba a formar entre esos dos mundos. Ninguno de los dos se miraban y ninguno hacía el esfuerzo. Los dos recargados en las paredes blancas con los ojos cerrados pensando cada uno que su mujer se debatía entre la vida y la muerte. 

De pronto cuando más sumidos estaban en sus mundos, las puertas automáticas se abrieron frente a ellos, el oxígeno pareció desaparecer en ese instante, el doctor salió un tanto serio y los dos lo abordaron poniéndose delante de él apresurándose a preguntarle por ella. 

—¿Cómo está? 

El doctor solo atinó a mirar a ambos a la vez que arqueaba una ceja. 

—Solo puedo hablar con el esposo de la señora —se concretó a contestar. 

Los dos quisieron hablar sin embargo, Adam optó por retirarse un poco para no crear problemas y asistiendo de mala gana dio un par de pasos hacia atrás. 

—¡Espera! —Acotó Leonardo sin mirarlo, haciéndole una seña para que regresara para que escuchara lo que tenía que decir el doctor—. Hable doctor, es necesario que él también escuche. 

—Como quiera señor Farkas. 

Adam no movió un ápice de su rostro solo bajó un poco la mirada observándolo de soslayo como un simple acto de gratitud. 

El médico empezó a hablarles detenidamente explicándoles que por ahora Elizabeth estaba estable, sin embargo, había más en las palabras del doctor, tanto Adam como Leonardo sabían que se estaba demorando en decirles lo que suponían era lo peor. 

—La señora, no tiene ni las más remotas ganas de seguir viviendo y si ella no pone de su parte, nosotros no podemos hacer más, por eso señor Farkas quisiera poder contar con su ayuda. 

—No se preocupe doctor, pondremos de nuestra parte —adelantó a decir Leonardo haciendo partícipe a Adam, sin embargo el doctor parecía un poco más que extrañado con la situación. 

—Me supongo que el señor —refiriéndose a Adam— tiene mucha cercanía a ustedes. 

Adam ante este comentario dejo salir su cinismo como era su costumbre cuando algo no le parecía. —La verdad doctor, no sé qué relevancia pueda tener su comentario, pero para despejar sus dudas le contestaré —lo miraba fijamente a los ojos—. Y sí, si soy parte importante en la vida de la señora, eso es lo único que debe de saber, lo demás no le interesa. 

—Doctor, solo díganos ¿podemos verla? —Leonardo preguntó de inmediato pues sabía cómo era Adam cuando algo no le parecía, además tampoco quería dar más explicaciones. 

—Sí, en unos momentos mando a una enfermera para que los guíe, solo sean prudentes. 

—Gracias. 

El doctor se retiró sin asumir nada y pronto ese silencio sepulcral se hizo presente entre los dos hombres. 

Ninguno sabía que decir o como empezar alguna conversación, de pronto, sus miradas por fin se cruzaron, los dos advirtieron el paso del tiempo. Doce años era mucho tiempo. 

—Leonardo… 

—Ahora no Adam, por favor. No ahora. 

—Comprendo…




Capítulo Dos 

La enfermera llegó minutos después por ellos y los condujo por el pasillo hasta llegar a una puerta del área de cuidados intensivos, lo único cierto era que Elizabeth no quería despertar. 

Los dos pasaron a la habitación colocándose a cada lado de ella, tomando su mano, observando detenidamente su piel pálida casi como la nieve, mientras sus miradas se fijaron en las muñecas vendadas. 

Ninguno de los dos decía nada solo se dedicaron a observarla detenidamente, hasta que Leonardo en un suspiro rompió el silencio. 

—Dime una cosa Adam, dime si yo soy el culpable de que ella esté así… dímelo —sus lágrimas bajaban por el largo de su rostro mientras un mechón de su cabello caía disimuladamente cubriendo sus cristalinos ojos. 

—¿De qué hablas? No es tu culpa Leonardo, ni siquiera es culpa de ella, es culpa del maldito destino, él fue el que la arrastró a hacer esto —señaló sus muñecas vendadas—. Sin embargo veo que se dio por vencida —su voz se quebró mientras su mirada bajaba triste—. Sabes una cosa, cuando estábamos aún juntos, parecía haber recuperado su fe, su esperanza, su alegría, casi te puedo asegurar que era la misma chiquilla de antes, sin embargo de unos meses para acá empezó a cambiar. 

—¿Hace cuánto que no estás con ella, Adam? —preguntó un poco desconcertado pues no sabía que se habían separado. 

—Hace tres meses... “como olvidarlo si fue la última vez que la tuve entre mis brazos” —pensó irremediablemente en aquella ocasión. 

—Eso quiere decir que… la abandonaste. —Leonardo lo miró frunciendo el ceño. 

Adam sintió ese comentario como una puñalada trapera haciendo que su sangre hirviera pero se contuvo sabía lo que estaba pasando y sufriendo el que algún día fue su mejor amigo. 

—No, no te confundas —trató de tranquilizar su voz—. Ella prácticamente me echó de su lado y de su vida, dijo muchas estupideces que no quiero recordar. 

—Lo entiendo... discúlpame, ya no sé ni lo que digo —giró su vista al techo blanco de esa habitación sin vida. 

—No tienes por qué disculparte, te entiendo Leonardo y sé lo mucho que te afecta esto —su tono de voz cambió por completo—. Sé que aún eres su esposo y sé que se estaban divorciando, porque ella así lo quería, pero y tú ¿lo querías? —sabía que ese era el momento de aclarar muchas cosas. 

Leonardo sintió como su corazón palpitaba más rápido de lo normal, sabía que en cualquier momento esta conversación se tendría que llevar a cabo, no nada más como el esposo que era, si no como el hombre frente al amante de su esposa, realmente era una situación muy difícil, sobre todo que se trataba del que un día fuera su mejor amigo. 

—No se trataba de querer o no querer —suspiró profundamente y volcó su mirada en los ojos color miel—. Cuando nos casamos, estábamos seguros de amarnos, sin embargo siempre estuviste presente en su pensamiento, con el paso del tiempo comprendí que ella lo peor que hizo fue aprender a vivir conmigo y eso nunca lo pude asimilar, mucho menos aceptar. Un día —pasó saliva— encontré un diario, te juro que yo jamás tuve la intención de abrirlo, pero mi hijo lo abrió y arrancó varias hojas, en ese instante yo me encontraba con Elizabeth, nos estábamos relajando placenteramente en el jardín y mi hijo inocentemente me llevó las hojas que había arrancado del diario de su madre pidiéndome un avioncito de papel, recuerdo muy bien que Lizzy notó que eran de su diario pero no le dio importancia y solo le dijo “Mi vida ¿De dónde sacaste eso? ¿Encontraste algo interesante?” Ella sonreía sin importarle que esas hojas fueran de su diario, pero me celé al leer una parte, decía cosas de ti Adam y decía que jamás te iba a olvidar que tú eras y serías el amor de su vida —Adam sabía cuánto sufría ante esta revelación pero no se atrevió a interrumpirlo y sin embargo siguió sosteniéndole la mirada—. No sabes la rabia que me dio, tuve ganas de matarte, porque fuiste tú el que se alejó de ella, sin embargo ella seguía amándote, según esas hojas, pero lo peor fue que le reclamé abiertamente y ella trató de decirme algo pero no la dejé, estábamos tan inmersos en la discusión que no nos dimos cuenta, cuando, y sin ninguna ayuda mi hijo subió hasta su casita del árbol, hasta ahora sigo sin comprender como pudo subir, sin embargo al querer bajar, una de las cuerdas se desprendió y mi hijo... —su voz por fin se quebró—. Cayó... —no pudo más y se echó a llorar, pero quería contarlo ya no podía solamente tragarse el dolor y siguió hablando mientras pasaba saliva que parecía se le atoraba en la garganta—. No pudimos hacer nada, cuando escuchamos su grito corrimos hasta él pero ya no pudimos hacer nada, nuestro pequeño hijo había muerto al instante... no sufrió ni nada —Leonardo casi soltó un grito de dolor y cayendo de rodillas trató de sobreponerse pero prosiguió hablando—. No sabes cuánto me he culpado... sé que ella lo hizo y aún me culpa y tiene todo el derecho de hacerlo —por fin dejó correr todo el llanto que llevaba encerrado, toda la culpa que lo carcomía con el paso del tiempo, tenía que desahogarse. 

Adam al verlo tan vulnerable, se acercó a él sin dudarlo, sin embargo se dio cuenta de que la culpa lo estaba matando, lo peor es que se culpaba por todo lo que pasó. 

Adam se acuclilló delante de él abrazándolo, Leonardo al percatarse de ese gesto su primera reacción fue empujarlo, sin embargo Adam comprendió, volviendo a sujetarlo con fuerza contra él, Leonardo puso resistencia, como era de esperar, pero poco a poco cedió, aferrándose a Adam con los puños cerrados golpeando su espalda con ellos desahogándose por completo. 

Minutos después, ya un poco más repuesto, pero aún con lágrimas surcando su rostro y sin cortar el abrazo tomó aire, solo para terminar de desahogarse. 

—Jamás debí de discutir por esas cosas con ella, ni delante de mi hijo y menos sin fijarme en una estúpida fecha. 

—Tú no tienes la culpa Leonardo, ni ella, ni nadie, deja de culparte. 

—Tú qué sabes, no entiendes lo que es perder a un hijo, no sabes lo que es ser padre —Leonardo se separó del abrazo y lo miró con amargura. 

—No, tal vez no lo sé, pero sí sé que muchas veces tuve que lidiar por lo mismo con ella, eso precisamente fue lo que la llevó a esto, por favor reponte de esto, ella te necesita y yo te necesito para ayudarla a salir de esto, sé que no puedo pedírtelo, ni tengo a derecho porque se trata de tu hijo, pero por ella Leonardo... tenemos que hacerla reaccionar. 

—Lo sé —se repuso un poco limpiando sus ojos, y levantándose del suelo—. Tienes razón, mi hijito ya está en paz, necesito dejarlo... ir —su voz aunque no quisiera se volvía a quebrar. 

—Siempre estará en tu corazón Leonardo, él nunca se irá de ti, vivirá en ti. 

—Lo sé... gracias... Adam. 

—No, gracias a ti —su mirada se desvió un momento hacia la mujer en la cama dándole a entender que ese gracias fue por lo que había hecho en la sala de espera frente al doctor, enseguida y sin vacilar ofreció su mano estrechándola mientras se estrechaban en un abrazo. 

En cuanto se separaron Leonardo se dirigió hasta donde dejó su portafolio negro y sacó una carpeta con varias hojas entregándosela a Adam. 

—¿Qué es esto? —observó la carpeta volviendo su vista a él. 

—¡Ábrelo! —Adam tomó la carpeta y la abrió—. Es la libertad de Lizzy, desde hace un par de meses está listo solo que ella no quiso contestar mis llamadas y lo comprendo —Leonardo suspiró profundamente—. De verdad. Tan solo hace falta que ella firme, yo ya lo hice. 

—Leonardo, ella comprendió que tú ni ella eran los culpables de lo que sucedió, ella lo sabía y de sobra. 

—Gracias... —hizo una mueca parecida a una intangible sonrisa—. Necesito hacer una llamada. 

—Hazla, no me moveré de aquí —dejó los papeles en una de las mesitas que estaban cerca, para después regresar a lado de ella, besó su frente haciendo a un lado ese mechón que siempre caía por su frente traviesamente, mientras Leonardo miraba el amor que se reflejaba en su rival, no, ya no era su rival era el hombre que amaba a Elizabeth. 

—Bien, no tardo —Leonardo salió de la habitación y al cerrar la puerta tras él se recargó en ella, tomó aire profundamente, para después liberarlo poco a poco, por un momento se quedó recargado con los ojos cerrados y por fin sintiendo que la gran losa sólida sobre su espalda iba alejándose de él. Su preocupación poco a poco amainó y con una nueva determinación tomó su teléfono celular pulsando la muy desgastada tecla. 

El sonido de marcado sonó un par de veces y una voz dulce resonó en el auricular. 

—Si... ¿Leo? 

—Hola linda —un suspiro melancólico salió del hombre, alertando a la mujer. 

—¿Pasó algo? 

—Una tragedia... fue Lizzy, casi termina con su... vida. 

—¡Oh, por Dios! Y tú ¿cómo estás? ¿Ella está fuera de peligro? 

—Yo estoy bien, dentro de lo que cabe, pero ella no despierta —se pasó una mano por su castaña cabellera. 

—Tranquilo, todo va a estar bien, ella es fuerte, lo sabes. 

—Lo sé, pero no puedo. Necesito verte. 

—Entonces aquí te espero... Tranquilo cariño, todo estará bien. 

—Lo sé, voy para allá. 

Leonardo colgó con otro suspiro más y dirigió sus pasos hacia quien le daba tranquilidad. 



Capítulo Tres 

Adam observaba detenidamente a la mujer, rozando con sus dedos las mejillas pálidas mientras le preguntaba las razones de sus actos, esperando que al menos diera algún atisbo de que estuviera aún con él. 

—¿Por qué Lizzy? ¿Por qué te diste por vencida? Sabes, no voy a dejar que te vayas, no lo voy a permitir, te amo más que a mi propia vida, ¿recuerdas cuando nos volvimos a encontrar? Ahí comenzó nuestra relación, aunque no nos habíamos casado yo te consideré mi esposa desde que decidimos vivir juntos y te compré la casa que tanto te gustó ¿recuerdas? 

Los ojos de Adam se cristalizaron pues esos aparatos lo volvían loco sin embargo se sentó a su lado tomando su mano delicadamente depositando un ligero beso por donde se enrollaba la venda, para después recargar su cabeza sobre el pecho aún palpitante de ella. Una lágrima traicionera resbalaba por su mejilla recordando esos episodios de su vida que tanto amaba y a la vez odiaba. 

««Flash-back»» 

La tarde caía, el ocaso reflejaba sus colores otoñales y un hombre cubría su rostro mientras salía de la sala de cine, caminando serio se perdía entre la multitud queriendo pasar desapercibido, sabía que si lo reconocían tendría que echar a correr y eso era lo último que quería hacer. Caminó unas cuantas cuadras más hasta llegar al establecimiento de uno de sus mejores amigos llamado Bar&Café Peek A Boo[i]

—Hey Brendon ¿cómo ha ido tu día? —lo saludó tras sentarse en la barra del lugar. 

—Todo bien, hacía mucho que no venías, me tenías preocupado ¿pasa algo? —lo miró esperando la respuesta. 

—No, solo he estado ocupado leyendo un guion. Sabes, llamaron a mi agente diciéndole que querían que participara en la nueva producción de Cristal Traxler. 

—¿En serio? ¡Es magnífico Adam! Me supongo que no desperdiciaras la oportunidad —le dijo muy entusiasmado. 

—Claro que no la perderé y eso me recuerda que hay algo para ti también en la película, les dije que trabajaría con ellos si te daban un papel a ti también. 

El chico se le olvidó que para vivir tenía forzosamente que respirar, pero con la noticia casi se asfixia él solo.... 

—¡Hey! Brendon. Alexis, respira amigo, que si mueres todo habrá sido en vano —Adam reía animadamente. 

—¡Eh! ¡Oh, perdón! ¡¡Casi no lo puedo creer!! ¡Gracias Adam! De verdad eres un alma caritativa cuando te lo propones, gracias amigo —Alexis saltó de la barra abrazándose a él. 

—Bueno, eso era lo que te quería decir, empezamos en una semana así que ve diciéndole a tu hermano que se encargue de la cafetería porque estarás mucho muy ocupado. 

Adam se le quedó mirando un tanto sobrecogido porque se dio cuenta que su amigo quería llorar, en eso volteó hacia una de las mesas del rincón no pudiendo creer lo que veían sus ojos y Alexis notó ese desconcierto. 

—¿Qué sucede Adam? —Dirigió su mirada hacia donde la tenía Adam—. ¿La conoces? Desde hace tiempo viene pide un café y se sienta a ver hacia la nada, es muy bella pero parece que sufre mucho. 

—¡Lizzy! —susurró para sí mismo 

Adam quiso acercarse de inmediato, pero dudó, no estaba seguro de cómo sería recibido, tal vez con líquido caliente sobre su cabeza, pero era lo menos que se merecía; así que solo se sentó observándola un poco más antes de decidirse a abordarla, no podía perder esta oportunidad. Estaba seguro de que algo le sucedía, era como estar viendo a otra persona, pero era ella. 

Se acercó sigilosamente hacia ella y descansando su mano en la mesa mientras tamborileó sus dedos sobre la superficie plana, le habló. 

—Hola Lizzy ¿sabías que esa mueca en tu rostro nunca ha ido contigo? —sonrió sumamente feliz al ver la cara de sorpresa de Elizabeth. 

—¿A...Adam? —al verlo ahí a su lado se levantó abrazándolo sin importarle nada más y echándose a llorar. 

—¿Qué pasa Lizzy? —se alarmó ante el llanto doloroso—. ¿Qué es lo que te tiene así? —se sentaron a la mesa, mientras Elizabeth se tranquilizaba. 

Elizabeth respiró hondo y comenzó a relatarle lo que había sucedido en su vida. 

Entre ellos había un pasado y no importaba que hubieran dejado de verse por muchos años, así siempre había sido entre ellos. 

—Siento que me muero Adam, no sé qué hacer me he separado de Leonardo, no lo quiero cerca, mi hijito era lo que más quería en la vida y ahora ya no lo tengo. Y yo sin él no quiero vivir —lloró amargamente mientras Adam la abrazaba. 

Adam estaba impactado por las contundentes afirmaciones que le daba ésta Elizabeth, porque estaba seguro que en algún lugar la anterior Elizabeth jamás hubiera contestado de esa manera. 

—Ya no llores Lizzy, no sufras por favor, sé que es muy difícil pero por favor no vuelvas a decir eso ¿quieres? 

—¡¿Cómo puedes pedirme que no sufra, cuando realmente siento que muero día con día?! No lo entiendes Adam, no tengo nada, estoy sola, destrozada, rota, solo quiero a mi hijo. 

—No quise decir eso Lizzy, sé que no puedo comprenderlo por completo pero no puedes darte por vencida. Esta no es la Lizzy que conozco. 

—La Lizzy que conociste ya no existe Adam, hace mucho fue enterrada. —los ojos una vez vibrantes y llenos de brillo de Elizabeth ya no estaban, en su lugar, había oscuridad, cansancio, hasta un destello de odio. No. Esta no era la Elizabeth de la que alguna vez se enamoró, de la que aún estaba enamorado. 

—No hables así, por favor. ­—Adam tomó su mano entre las de él y besó dígito por dígito. —No me gusta verte así. 

Elizabeth lo miró mucho muy sorprendida y con mucho cuidado retiró su mano, poniéndose de pie. 

—Nunca vuelvas a hacer eso, por favor. 

Se dio media vuelta y salió del café, Adam no supo que más hacer. Seguirla seguramente complicaría todo. Ahora solo le restaba esperar. 

Día a día Elizabeth regresó al café esperanzada en volver a encontrar a Adam y él la esperaba, la escuchaba, tratando de comprenderla. 

Los días se volvieron semanas y las semanas en meses, Adam vio como poco a poco Elizabeth volvía a lo que era ella, totalmente era imposible, pero ahí estaba ella, pidiendo a gritos ayuda para poder emerger una vez más. 

Uno de esos días extraños, mientras hablaban y tomaban café, por fin Adam le preguntó lo que tanto se había contenido. 

—¿Cuándo te casaste con Leonardo? —preguntó Adam después de un rato de silencio. 

—Hace seis años, Liam nació cuando cumplimos un año de casados, fui muy feliz a lado de Leonardo y no me arrepiento de nada. 

—¿Por qué te casaste con él? —Adam la miró intrigado. 

—Porque... cuando tú me dejaste él estuvo ahí conmigo siempre apoyándome, dándome todo su amor, poco a poco me fui enamorando de él, lo amaba tanto, pero después sucedió esta desgracia y... —su voz se empezó a quebrar otra vez, era inevitable. 

—No digas más, lo comprendo —Adam no dejó que hablara más, aunque se dio cuenta de que parte de ella culpaba a Leonardo por lo que pasó—. Ven vamos a caminar un rato ¿te parece? 

—Sí, quiero despejarme y seguro que me gustará caminar a tu lado otra vez. —Una sonrisa triste apareció en el rostro cansado y ojeroso de Lizzy. 

Adam le sonrió conmovido ahora por el dolor que cargaba la mujer que tanto había amado, que tanto amaba, sin embargo el que hubiera aceptado caminar a su lado le dio una pequeña esperanza; aunque no era el mejor escenario para esto, no pudo esconder su alegría y hacer hincapié en que el destino un día los había separado y ahora parecía que los volvía a reunir. 

—Sin ti no puedo vivir. 

Adam creyó que lo había pensado pero por la expresión de Lizzy al parecer había salido en voz alta. 

Lizzy levantó su rostro mojado por las lágrimas amargas y miró a Adam un tanto desconcertada, pero lo que acababa de escuchar. Se tuvo que repetir en su mente lo que escuchó de viva voz del hombre. 

¿Adam acaba de decirme que no puede vivir sin mí? ¿Sin mí? 

Elizabeth comenzó a negar con la cabeza. 

—Adam... yo —se separó de él y agachó su mirada—. No digas eso, no vale la pena, yo no... —Adam la interrumpió mientras giraba su rostro hacia él. 

—No digas nada Lizzy, sé lo que eres y por eso siempre te he amado, sé que es un momento inapropiado para decírtelo pero esto es lo que hay en mi corazón. Solo déjame quedarme a tu lado, por favor. Déjame protegerte y cuidarte de ahora en adelante, jamás me volveré a separar de ti —sus ojos se miraron fijamente y Elizabeth supo que ahora sí Adam no iba a abandonarla—. Solo déjame seguir viéndote, estar a tu lado, si un día no lo hice, ahora voy a compensártelo. 

—Adam yo no... —Elizabeth solo negaba con su cabeza, pero su corazón le decía que aceptara. 

—Por favor Lizzy, no me apartes ahora tú. 

—Solo déjame pensar Adam, mi pequeño Liam apenas hace un año que se fue —sus lágrimas se deslizaron de nueva cuenta amargamente—. Y mi relación con Leonardo ya no es la misma, por eso le pedí que empezara a tramitar el divorcio, no quiero seguir con él, porque sé que también a él le hago daño. 

—No te pido, ni exijo nada, solo déjame quedarme a tu lado. —Los ojos azules de Adam brillaban ante la expectativa y confiaba en convencer a su dulce Lizzy. 

Elizabeth lo miraba como si todo eso fuera un sueño, uno lindo, uno de esos que habían desaparecido hacía mucho. 

—Sólo déjame pensarlo. 

Adam vio la lucha en sus ojos y no presionó más. 

Mientras caminaban se dio cuenta de que Elizabeth parecía otra persona, a pesar del dolor que llevaba a cuestas, además de que la culpa la carcomía, ella le dijo que sufría de depresión a raíz de lo de su hijo, le contó lo que sucedía porque quería que supiera eso y todo lo demás, sobre todo de sus visitas al psiquiatra que al parecer no le servían de nada. Pero él quería estar a su lado y ayudarla. Porque la amaba, esa era la única verdad, y esta vez se aseguraría de no abandonarla por nada del mundo. 

A pesar de todo, Adam le juró que no se separaría de ella, era verdad estaba preocupado por lo que pensaría Leonardo al enterarse de que quería a Elizabeth de vuelta, pero ya no le importaba, lucharía por ella esta vez y no volvería a dejarla, ya no. 

Lo de antes fue porque realmente creía que ella no se merecía la vida que él podía ofrecerle por eso decidió decirle adiós, sin pensar que él mismo fue el que la llevó a los brazos del que hasta hoy consideraba su mejor amigo, a pesar de que la distancia había hecho su trabajo. 

««Fin flash-back»» 


***
[i] Peekaboo es un juego que se juega con los bebés en los que se cubre la cara con las manos o se esconden detrás de algo y luego de repente mostrar su cara, diciendo "peekaboo!"





Con esto espero haber despertado un poquito su curiosidad para que puedan darle una oportunidad a mi libro y siempre, si les nace me dejen un comentario ya sea por aquí o por las diferentes plataformas en las que esta publicado mi libro.

Hasta lueguito  
Muchas Gracias por seguir apoyándome 
y por supuesto por Visitarme. 




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